Hoy apareció otra mariposa sin vida entre las páginas del periódico local. Su vuelo cortado a manos de un hombre-niño que nunca lloró. Muerto en vida. Porque los hombres no lloran.
Otra mariposa olvidada. Mía. De todos. El deceso de sus bellas alas quedó sepultado entre la peste inmunda de una piara de políticos. De un panal que en vez de miel rebosa mierda.

Su desaparición quedó opacada por otros muertos que se aseguraron en Vida de tener suficientes cojones para ponerse joyas, su indumentaria favorita y pararse sobre sus propios pies después de que su corazón dejara de latir. Triunfadores sobre su presentida muerte; la que desde que nacieron esperaban (y tal vez hasta anhelaban) temprano en su camino. Tan temprano como le aseguraba su realidad social. Y que nadie llore, coño, que los hombres no lloran.
Hombres-niños que pudieron haber abrazado. Bailado. Besado. Llorado. Amado. Sus manos convertidas en tibia y deliciosa caricia. En cambio le cortan el vuelo a las mariposas. Las piedras son más sensibles que sus corazones. Al nacer les latía la sangre y les calentaba su alma, todavía vestida con el traje de la inocencia nueva, con las posibilidades infinitas del árbol de la Vida. Hoy son el hierro fundido de una estatua. Como el hombre-niño muerto, parado y vestido de gala.

Tal vez el eco abandonado en el interior de estos hombres-niños nos esté gritando esta súplica...
Cambiar las cosas. Criar con más sensibilidad. A todos nos toca.
Porque los hombres sí lloran.
PLEGARIA DE UN HOMBRE
Yo también tengo el cuerpo hecho de sal y agua.
Déjenme ser hombre y llorar.
Y reír.
Y cantar.
Y sufrir.
Y temblar.
Y ser débil.
Estoy lleno de música y de aliento de los cerros.
¡No quiero ser hierro!
En mí vive a veces la tempestad,
pero también el canto alegre de un jilguero.
¡Déjenme ser hombre!
No un muñeco.
Permitan que los jardines que nacieron con mi cuerpo
florezcan y entreguen frutos, no estiércol.
Cuando sea niño pequeño,
celebren las mariposas que acaricien mis cabellos,
y dejen que me perfume con el olor de los huertos;
pongan un roble a mi alcance para que suba a las ramas
pero también las estrellas para admirar sus destellos.
Yo también tengo el alma hecha de sueños y anhelos.
Déjenme ser hombre y amar.
Y acariciar.
Y besar.
Y sentir.
Y bailar.
Y ser tierno.
Estoy repleto de luna y de gotas del mismo cielo.
¡No quiero ser hielo!
De mí nace a veces un huracán,
pero también nacen soles de amaneceres nuevos.
¡Déjenme ser hombre!
No un muerto.
Permitan que los matices delicados de mi cuerpo
reluzcan y se muestren con orgullo, no con miedo.
Cuando sea niño pequeño,
celebren los movimientos que muestre frente a mi espejo,
y dejen que baile mi cuerpo al son del ritmo que siento;
pongan piedras en mis manos para lanzarlas al río,
pero también margaritas para que aspire su aliento.
Sólo déjenme ser hombre,
¡y no un muñeco ni un muerto!
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