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"Vamos a despertarnos de arena. Vamos a ser esa que se esparce y vuela; que se adhiere a la piel como lengua en beso y ahí se queda.
Seamos bofetada de calor y golpe de dolor en la conciencia".

-I.C.

Apendejándonos con palabras o 'lean entre líneas'

>> viernes 18 de septiembre de 2009


Es tan inaudito ver la forma en que el gobierno disfraza el vocabulario y se le dora la píldora al pueblo para taparle los ojos, que casi me tienta hacer una invocación espiritual a los imbéciles e infelices de la calaña de González y Madera para que nos griten una y otra vez las cosas en la cara.

No hay más que mirar los más recientes ejemplos de la censura literaria en el Departamento de Educación y la aprobación de la Orden Ejecutiva del 10 de septiembre para autorizar la movilización de la Guardia Nacional en las gestiones anti-crimen, y la forma en que se nos presenta la información.

En nuestra patria de cuentos y maravillas, nos relata inocentemente Juan Carlos Blanco, Secretario de la Gobernación, sobre la próxima militarización de las calles puertorriqueñas:

“No implica que hay algún tipo de plan, fue algo administrativo, algo estrictamente en términos del proceso, no se está contemplando activarla...”

“En estos momentos, específicamente, no. Eso es una facultad que el Gobernador tiene bajo la Constitución, bajo las leyes de Puerto Rico, la Guardia Nacional existe… es un recurso que tiene el Gobernador, pero es para situaciones de emergencia, situaciones extraordinarias, y en estos momentos, aunque sabemos que tenemos esa herramienta y la utilizaríamos si hubiese alguna necesidad, no hemos tomado esa decisión”, abundó el funcionario. (Blah, blah, blah....)

O tal vez guste más la forma en que las palabras del ayudante general de la Guardia Nacional, Antonio Vicéns, minimizan el asunto: “Veo esto como una cosa sencilla, que no se le debería dar un matiz de otra índole".

En otro ejemplo reciente, al justificar la censura de libros en las escuelas, dice el gobernador:

“No es que están prohibidos los libros, sino que establecemos a qué nivel se pueden leer”. Aún así, efectivo de inmediato, quedó terminantemente prohibido el uso de los ya consabidos textos en las escuelas públicas del Departamento de Educación.

Me recuerda lo que acabo de leer en el libro “Patas Arriba: La Escuela del Mundo Alrevés”, donde el autor Eduardo Galeano nos ilumina el tema con esta sabia reflexión:

En la época victoriana, no se podían mencionar los pantalones en presencia de una señorita. Hoy por hoy, no queda bien decir ciertas cosas en presencia de la opinión pública:
El capitalismo luce el nombre artístico de economía de mercado;
el imperialismo se llama globalización;
las víctimas del imperialismo se llaman países en vías de desarrollo,
que es como llamar niños a los enanos;
el oportunismo se llama pragmatismo;
la traición se llama realismo;
los pobres se llaman carentes, o carenciados, o personas de escasos recursos;
la expulsión de los niños pobres por el sistema educativo
se conoce bajo el nombre de deserción escolar;
el derecho del patrón a despedir al obrero sin indemnización ni explicación
se llama flexibilización del mercado laboral;
el lenguaje oficial reconoce los derechos de las mujeres, entre los derechos de las minorías,
como si la mitad masculina de la humanidad fuera la mayoría;
en lugar de dictadura militar, se dice proceso;
las torturas se llaman apremios ilegales, o también presiones físicas y psicológicas;
cuando los ladrones son de buena familia, no son ladrones, sino cleptómanos;
el saqueo de los fondos públicos por los políticos corruptos responde al nombre de enriquecimiento ilícito;
se llaman accidentes los crímenes que cometen con los automóviles;
para decir ciegos, se dice no videntes;
un negro es un hombre de color;
donde dice larga y penosa enfermedad, debe leerse cáncer o sida;
repentina dolencia significa infarto;
nunca se dice muerto, sino desaparición física;
tampoco son muertos los seres humanos aniquilados en las operaciones militares: los muertos en batalla son bajas, y los civiles que se la ligan sin comerla ni beberla, son daños colaterales;
en 1995, cuando las explosiones nucleares de Francia en el Pacífico sur, el embajador francés en Nueva Zelanda declaró:

«No me gusta esa palabra bomba. No son bombas. Son artefactos que explotan»;

Pues gracias por el dulce, pero no gracias. Me perdonan, pero prefiero que si me van a explotar con algo, le llamen 'bomba'. Para saber contra qué lucho. Que le llamen por su nombre a las cosas es parte de la explosión que necesita este pueblo dormido: palabras burdas, soeces, crudas, bofetadas directas en la cara. Para que nos vengan a mantener en babia a son de cuentos de hadas, que nos traigan mejor a los brutos de lengua suelta para que nos acaben de sacar del apendejamiento a insultos y a patadas.




1 comentarios:

Rima 10 de noviembre de 2009 11:07  

"Pues gracias por el dulce, pero no gracias. Me perdonan, pero prefiero que si me van a explotar con algo, le llamen 'bomba'. Para saber contra qué lucho."

Muy bueno.

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